Por José Joaquín Durán
Está oscuro hace rato. Treinta minutos en Uber desde Providencia a Ñuñoa. Los autos apenas avanzan entre las luces rojas. Sé a lo que voy, pero quiero tener fresca la imagen. Miro videos de lucha olímpica mientras subo por Irarrázaval. Es un ruso contra un iraní, ambos tienen rasgos prehistóricos. Uno proyecta al otro por los aires, el clip se funde a negro.
“La media volá”. Repetí el video. La sensación es similar a contemplar el derrumbe de un edificio con dinamita o el choque de una carga de caballería contra su objetivo.

El auto me dejó afuera del Centro Nacional de Entrenamiento Olímpico (CEO). Subí el cierre de la chaqueta hasta arriba. Hay carteles de auspiciadores y el logo de una universidad que dicta allí sus carreras deportivas. Si no fuera por el símbolo de los cinco anillos entrelazados iluminado, pensaría que es un mall.
Camino por el estacionamiento. Mi destino es la lona que está en el subterráneo. Pasa un grupo de jóvenes con polerones rojos, llevan inscritas en letras blancas sus disciplinas.

¿Cómo lo hace alguien para empezar a entrenar deportes olímpicos? En los colegios en los que estuve, las opciones se limitaban a fútbol, básquetbol y vóleibol. Tuve una etapa en karate a los 10 años. Estuve hasta que mi papá se aburrió de ir a dejarme a las clases de los sábados. Solo años después, retomé los deportes de contacto.
Entre los muros de hormigón gris, iluminados por luces fluorescentes, resuenan mis pisadas. A través del marco de una puerta, divisé las siluetas de los cuerpos en movimiento sobre la lona.
I
A cuatro metros de altura brillan luces frías. La lona recubre la extensión de una cancha de futbolito. Una hilera de columnas, rodeadas por colchonetas en la base, llega hasta el fondo. La salsa suena desde algún parlante y un grupo se turna para rodar sobre el suelo.
—Son de un club de Cerro Navia que viene a practicar acá— dice Andre Fajardo. Es una cabeza más bajo que yo, pero las prominentes “orejas de coliflor” resumen todo. Es ex luchador olímpico y medallista en los sudamericanos.
—En la clase de hoy seremos nosotros— comenta y apunta a una esquina.
Está Javiera —su señora, también ex seleccionada—, su hijo Noel de siete años, y tres jóvenes que no pasan de los veinticinco. Guardé el buzo. Me vestí con shorts y polera de compresión.
—¡Vamos con el calentamiento!
Era una tras otra pasada a lo largo de la lona. Volteretas normales, con impulso, hacia atrás. Ruedas, giros y saltos. Noel lideraba las series. Para él era un juego. En mi caso, algunas salían, otras eran solo el amague.



Terminada la serie, Andre explica la siguiente dinámica: dos equipos, un balón. Será un partido de handbol. El diablo está en los detalles: solo puedes avanzar con hasta tres pasos de lucha y dar el pase.
Al frente se paran Andre, Javiera, Noel y Javier, el kinesiólogo. En mi equipo quedamos Ilich, que todavía está en el colegio, y Dominga, que juega fútbol en Estados Unidos.
Perdimos por goleada. Está húmeda la polera, mi cabello también.
II
Con una mano cubre la nuca. La fuerza es hacia abajo y en diagonal. Lleva la rodilla hacia el piso y, con la otra mano, atrapa el pie del oponente. Andre repite los pasos con Javier. Seguimos la secuencia con la mirada, no hay preguntas.
—¡Ahora van ustedes!

En el circuito voy rotando con Ilich y Javier. Me toca con Javier. Mano-rodilla-mano-pie. Y a piso. Mientras me levanto, él limpia el sudor de su frente.
—No dejes la espalda contra la lona. Si quedas así, se acabó.
A unos metros, Javiera, Dominga y Noel repiten la secuencia. Pierdo la cuenta de las pasadas. Andre aplaude para cortar el ruido. Es hora de luchar.
—Esto es simple, Joaquín —me dice—. Una pierna es tu mamá, la otra tu abuela. ¿Tienes abuela?
—No me quedan.
—Entonces tu polola —insiste.
—Nah, estoy selectivo últimamente —digo.
—Entonces será tu amor platónico. La cosa es que él no llegue a ellas.
El debut es contra Ilich. Son tres minutos de tomadas, agarres, fintas y tacles. Tengo grabada la frase de Andre: ni a mi madre, ni a Lana del Rey… Ninguno lleva contra la lona al otro.
Músculos tensos, jadeos. Hay pausa para tomar agua.
—Ahora vas con Javier.
Estrechamos manos y empezamos. Mano-rodilla. Forcejeamos. Mierda, me agarró a la Lana del Rey. No tengo base. A piso. Javier presiona con el pecho.
No dejes la espalda contra la lona. Me hundo. Respiro, empujo.
Carga otra vez. No tengo margen, el contacto con el suelo es total.

III
El son tropical había cesado. Quedan pocas personas. Terminado el entrenamiento, el gimnasio se va vaciando por goteo. Saqué el polerón de la mochila.
Andre revisa el celular. Camino hacia él. Me arden el empeine y la rodilla, la capa superficial desapareció contra el plástico caliente.
En una esquina conversan Javiera y Dominga. Noel juega con una pelota.
—¿Cómo llega alguien a practicar este deporte desde chico, Andre? No recuerdo haber tenido la opción en el colegio.
—En mi colegio teníamos que practicar un deporte, yo hice halterofilia y lucha. Era uno que quedaba por Vicente Valdés, mi mamá me quería allí. Ella era voleibolista.
—Y alguien fuera del mundo del deporte, ¿cómo puede hacerlo?
—Entrenar en el CEO es gratuito. La formación empieza desde niños… así que pesa mucho el compromiso de la familia.
—Me imagino, no es para cualquiera.
Tomé la mochila. Andre mira a Noel, que juega fútbol con Dominga. Patea la pelota, que vuela hacia el fondo. El niño corre a través de la lona para alcanzarla. Andre sonríe.

