Por Jorge Marchant
Hay quienes levantan la muñeca esperando que un reloj les explique cómo están viviendo. Yo solo quiero saber si voy atrasado.
Y sí, ya voy atrasado.
Nunca he entendido el entusiasmo por los relojes inteligentes. No porque den mal la hora: al contrario. Hacen mucho más que eso. En realidad, están empeñados en convertir cada instante de la vida en una métrica.
Mi reloj da la hora. Y, cuando lo ajusto, también da la fecha.
No vibra. No me felicita cuando camino diez mil pasos ni me advierte que dormí poco. Tampoco pretende conocer mi cuerpo mejor que yo. Se limita a acompañarme mientras el tiempo pasa.
Hoy llevo un Seiko de esfera verde. Algún día me gustaría un Omega. Quizás antes un Mido. No porque hagan más cosas: porque tienen personalidad. Porque fueron hechos para acompañar una vida, una vida como la mía.
Ninguno más inteligente que yo. Nunca esperé que lo fueran.
Hubo un tiempo en que las herramientas ampliaban las capacidades del hombre: el mapa ayudaba a uno a orientarse, pero no decidía el camino; la brújula indicaba el norte, pero no el destino; el reloj marcaba la hora, pero no decía cómo vivir el día.
Fabricábamos herramientas porque confiábamos en nuestro juicio.
Hoy esperamos otra cosa de los objetos. Que nos recuerden, nos corrijan y nos administren. Ya no basta con que un reloj dé la hora. Tiene que conocernos.
Los relojes mecánicos sobreviven porque nunca prometieron mejorar a quien los llevaba puestos. Conservan una virtud que poco a poco desaparece: recuerdan que el tiempo pasa, pero dejan que cada uno decida qué hacer con él.
Un buen reloj nunca olvida que nació para servir. Prefiero seguir usando uno que simplemente da la hora. Miro el reflejo verde de la esfera y voy tarde, otra vez.
El inteligente sigo queriendo ser yo.
