Por José Joaquín Durán
Camino por Providencia. La clase empezará en unos quince minutos. Llevo tres capas de ropa, la última es una parka. Una mano en el bolsillo, la otra con una Red Bull.
Qué nos lleva a entrenar deportes de contacto, pensé. ¿Golpear? ¿Ser golpeado? Bebí un sorbo de la lata. ¿O un poco de ambas…?
—Estoy afuera —escribí a un tal Ghio. Me dieron su número para coordinar.
Unos minutos después, llegó un sujeto de barba.
—Hola, soy Ghio, bienvenido.
Es de mi altura, más de uno ochenta. La diferencia son al menos cuatro categorías de peso arriba mío.
La puerta del fondo
Es un edificio antiguo, cerca del metro Salvador. Para llegar al gimnasio debes deslizarte entre los trajes de épocas, a través de una tienda en la que puedes sacarte fotos a la antigua. En la casa de mis papás hay una de esas. Ahí tengo como 12 años, llevo puesto un sombrero tipo bombín y bastón, puro estilo.
Hay otro mundo detrás de la puerta del fondo.

El cuadrado de lona roja devora casi todo el espacio. Antes hubo una clase de judo: se respira la humedad en suspensión. En las paredes hay impresiones de atletas con medallas en sus manos. Por el costado pesas y un rack para press banca. Más arriba cuadros de otros deportistas y pinturas del romanticismo.
—Ahí dice «Rusia» en cirílico —comentó Ghio—. Es un regalo que le hicieron a René. Era una bandera con el águila bicéfala.
Y es que sambo significa «defensa propia sin armas», una disciplina desarrollada para entrenar soldados soviéticos. Fusiona estilos de lucha tradicionales con técnicas de judo, lucha libre, boxeo y otras disciplinas.
Eso sí, no había imágenes de Stalin.
—Nosotros dejamos la política y la religión afuera —dijo—. Acá el foco es entrenar.
—Y nos gusta la cultura rusa —agregó un chico rubio de baja estatura.
Había otros cuatro sujetos cambiándose en una banca junto a la entrada. Ninguno con la barba sin bigote que llevan los sambistas en la UFC. El uniforme es el kurtka, chaqueta reforzada para agarres, el trusy, shorts que facilitan la movilidad, y las sambovki, zapatillas flexibles.
—Puedes entrenar sin zapatillas. Tendrás mejor agarre.
Saqué de la mochila mi chaqueta de BJJ. Es verde, desentona con el azul y rojo reglamentario. En el jiujitsu la cosa es más laxa. Me puse los shorts de nogi y dejé las zapatillas en un costado.
Ghio comentó que entrena sambo hace dos años, antes había hecho judo por más de doce años. Hoy él hará la clase. Habrá harto agarre y proyección. René, el fundador de la academia, va al Panamericano de sambo con otro estudiante y competirán.
—Aquí en la academia estamos por el sambo, pero más por René. Es carismático, te impulsa a ser mejor, comer sano y no tener vicios.
Ghio sacó su celular y entró en la galería.
—Mira: él es un estudiante que empezó con René hace unos años.
Era un hombre en forma, pero con pliegues de grasa visibles. Volvió a buscar en la galería.
—Ahora compara, este es él ahora.
El cambio es brutal. Abdominales y brazos marcados. Porcentaje de grasa mínimo.
—Y este es René.
Tomé un sorbo de Red Bull. Brígido.
Tres minutos
El entrenamiento comenzó con elongaciones. Elásticos tensándose desde distintos ángulos, mis brazos guían los movimientos. No había música de fondo. Solo se oyen las respiraciones y las instrucciones de Ghio.
—Vamos ahora con giros.
Los movimientos enfatizaban la rotación de brazos y caderas, y la extensión de las piernas. El sambo es un deporte de agarres, las proyecciones son el eje. Una técnica limpia, en la que tu oponente deja la espalda sobre el piso, se traduce en la victoria inmediata por puntos en una pelea.
—Listo. Toca hacer series completas, son tres ciclos.
Miró la hora.
—Comenzar.
Un conjunto de desgaste: piernas, extensiones, flexiones, abdominales, giros sobre el eje. En la segunda serie los antebrazos ya estaban tirantes. El sambo exige cardio a tope; sin aire no hay agarre.
Última serie. El sudor empapa el cabello. Termina. Quedé unos segundos suspendido, recuperando el aire.
Miré el reloj digital sobre una repisa. Llevamos entrenando poco más de una hora y media. El efecto de la cafeína carbonatada es ya casi nulo.
—Ahora toca pelear, ¿te sumas? —preguntó Ghio.
Asentí. Hay que dar cara, dije.
—Perfecto, vas conmigo.
Nos saludamos. El reloj empezó a correr. Tres minutos.
Tomé gola y manga. Él respondió con calma, sin apuro. Mantuve distancia, pies ligeros. Intenté un barrido rápido. No se movió ni un centímetro.
No caer, cerrar espacios.
Lo miré a los ojos. Su cara no mostraba esfuerzo. Ya, ahora sí. Levanté un brazo sin soltar la manga. Fui al piso buscando un tacle por la izquierda. Inútil. Reboté hacia atrás.
Puta la wea.
Las gotas de sudor me caían por la frente y se estrellaban contra la lona roja.
Ghio avanzó. Tomó fuerte la manga, giró la cadera. Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.
Ya era.
Por un segundo estuve suspendido en el aire a su merced. El choque de mi espalda contra la lona hizo un sonido seco. Mis pulmones se vaciaron.
Cuando logré incorporarme, Ghio ya estaba esperando. Vamos, weón. Busqué las tomadas una vez más, hasta que sonó la alarma.
—Bien jugado —dijo, y estrechó mi mano.
Arreglé la chaqueta bajo el cinturón. Está más pesada por la humedad del sudor. El aire es denso. El resto de la clase mueve las articulaciones y estira los músculos. Me sumé a ellos. Las revoluciones bajan de a poco.

—Espero que te haya gustado la clase —dijo Ghio.
—Muy buena, la lucha de pie me sirve para jiujitsu —comenté.
Roté el cuello. Luego la cadera. Quienes terminaron fueron a cambiarse de ropa.
La pregunta con la que llegué volvió a aparecer. Boté la lata de Red Bull al tacho y me saqué la chaqueta.
No todos nos regulamos parloteando sobre sentimientos.
Miré al águila del estandarte, lleva agarrados el cetro y el orbe. La lona bajo mis pies está tibia.

