Un barroco cítrico de sodio y neón que avanza sin pausa sobre la ciudad, hasta convertir la michelada en un imperio urbano.
Por Felipe Soza
Hay fila afuera de la Iglesia Ortodoxa. Nadie para entrar a los santos cultos. Al lado, un El Rey de las Micheladas. Hace frío y está lleno. Algo tienen que estar haciendo bien, me digo.
Cómo estarán los demás locales de la cadena, incluyendo los cinco en Pío Nono y hasta el castillo al comienzo del Parque Metropolitano. Ese copamiento urbano tan agresivo solo se lo conocíamos a las farmacias.
El logro de Ignacio Orellana –el mediático mandamás de la cadena– no fue inventar el brebaje. Ni siquiera masificarlo. La michelada estalló a mediados de la década pasada y hoy no hay lugar que no la ofrezca, hasta el más cuico. Su mérito fue otro: darle institucionalidad al producto. Explotar el formato de la forma más pantagruélica y chillona posible, llevando la experiencia de Bellavista a cualquier vecindario.
Porque este es un rey de pretensiones imperiales: avasalla la urbe cubriendo las fachadas con sus limones de plástico y luces de Navidad. No hay sucucho vacío que se salve. Muy pronto, cada se arrienda en Santiago será suyo.
El reino de Orellana no es sólo territorial. Su carta también es extensa, sobrecargada. Y los ganchos, eficaces. Varias pantallas repiten que las micheladas “son gratis”: cualquier combinación, el mismo precio.
A pesar del lleno total, nos abrimos paso entre universitarios que toman harto por poca plata. No sé qué pedir: es demasiado. Le traslado la presión al garzón y le pregunto por el emblema de la casa, la joya de la corona. “En Cristal”, aclaro. Me parece un despropósito usar maltas aristocráticas. Si hasta hace poco la michelada era el truco mexicano para revivir cervezas desvanecidas. “Y con harta sal”, remato, porque estoy rendido a la hipertensión.

Llega un schop efervescente, opacado por la salsa inglesa, el concentrado de tomate y otros aliños de esta ensalada alcohólica. “La camaronchela”, dice, satisfecho, el garzón bien peinado al gel. Arriba, una pareja de estos crustáceos. Sorprende el tamaño: esperaba esas colitas miserables de producto a luca. Están ensartados en un pincho. Porque aquí todo se corona con pinchos. Y hay de todos.
Órale: la camaronchela se evapora en minutos. Me sorprende mi propia voracidad. Debe ser la mezcla salobre y picante, quizá con una punta de ajinomoto. Y aún queda espacio para una segunda: llega la mangochela, coronada por una torreja generosa y fresca de este fruto.
Pero es una inyección de glucosa demasiado violenta para una cerveza. Para compensar, pedimos slop: una bandeja de fritanga surtida, versión posadolescente de las cajas del Doggis, con varios ungüentos donde hundir los nuggets recién descongelados.

La fila para entrar a la corte sigue, pero circula. A un lado se instala un grupo de devotos del músculo, poleras negras, cuerpos-máquina en descanso del shock hiperproteico. Por esta noche metabolizan alcohol y sodio. Quizá un pincho de salame para sumar dos gramos al conteo. Más atrás, una mesa ruidosa de regias oficiales que lucen cervezas con gomitas azules y rojas. Mi amigo mira con ojo alegre. Son lo que Martinwhite llama pollypockets: bajitas y lindas.
Orellana, el autoproclamado rey, sabe que su fama es disímil. En Latinoamérica, el barroco sociológico exige exceso dentro de un precio accesible: más por menos. Fluorescencias, saturación, estímulo constante. Su clientela es fiel porque el negocio abraza el volumen y la sobrecarga sensorial como identidad. La rapidez de su expansión y sus precios bajos alimentan el murmullo del lavado. Pero eso resbala: la caja sigue sonando.
Admito que llegué con ganas de escribir sobre espasmos y retorcijones, repitiendo los lugares comunes que los siúticos recitan desde la poltrona. Pero El Rey cumple. Doy fe de ello.
El secreto es simple: hay poco de cerveza y mucho de caldo dulce o salado. Lo pasé bien, pero no me pegó ninguna. Tampoco a mi compañero. Así que había que subir la apuesta. Buscando inspiración, miro de reojo a las pollypockets, ya con carteras en mano para seguir la noche.
Hice una seña al garzón. Pedimos la cuenta y algo con más grados alcohólicos.
De fondo guarachita, humo mentolado y fragancias árabes. Un anticipo de la mezcla densa y pegajosa que llegará.
Después de unos minutos apareció la boleta y un tropical gin: color amarillo crepúsculo, sabor regia oficial.

