Por José Joaquín Durán

Miré alrededor. Aún no ponen banderas chilenas, tampoco hay granadina ni pipeño en oferta. Pero suenan guitarras y panderos. Al menos no pusieron esa de “Ay cariño si supieras…”: cueca de acto municipal, diría un amigo.

La cueca es el primer indicio de que falta poco para septiembre.

Pasé al Lider después de la pega. La luz artificial brilla. Fui directo al pasillo de las carnes: necesito una bandeja de pollo de 850 gramos. El truco es hacerlo al horno y no tener que cocinar por tres días.

Tomé una caja de barras de proteína en el pasillo de los cereales. Me gusta el dieciocho, el ánimo festivo lo respiras en la calle. Estoy entre la de chocolate amargo y la de chocolate con maní. Hubo un tiempo en que no era así. Había sospecha y desprecio hacia los símbolos nacionales; entre ellos, la cueca. Unos la aceptan a fuerza si es la chora, otros hacen lo mismo si es la de salón. La de maní es la elegida, faltan las tortillas.

En mi caso, no hay conflicto. Me agrada la cueca, el detalle es que no sé bailarla. Hay harta gente a esta hora, pero llevan pocas cosas.

Ay cariño, si supieras…

Supongo que era inevitable. La escucho mientras espero en la fila para las cajas de autoservicio. Escaneo el pollo, las barras y la bolsa con tortillas L. El pitido atraviesa la melodía.

El sillón Wassily es cómodo. Sobre la mesa de centro están los martinis.

—Oye weón, ¿qué pensai de la cueca? —le pregunté a Soza.

—Me gusta, soy de la onda de Los Chileneros.

Tomé la copa.

—Prefiero a Los Hermanos Campos, para mí esa es la cueca.

—No me gustan tanto, Los Chileneros tienen ese piano que da el toque. Mira.

Soza gira la cabeza.

—Alexa, pon Los Chileneros— ordenó.

This is Los Chalchaleros en Spotify.

Soza se toma la frente y niega con la cabeza.

—No, Alexa… te dije Los Chileneros.

Ahí sí.

—¿Y le pegai a la cueca? — pregunté.

—Cero, no bailo desde el colegio.

Bebí de la copa.

—Estoy en la misma… Alexa, pon Los Hermanos Campos.

El guitarreo impregna las paredes del departamento.

—¿Sabís qué? Aún estoy a tiempo para no dar la cacha en las fondas —dije.

Soza asintió con una sonrisa hacia abajo, y bebió de su Martini.

Voy con chaqueta, la Gaby también. El barrio República es piola de noche. Pasa gente caminando y bicicletas de delivery.

—Oye, ¿qué pensai de ese rechazo hacia la cueca? —solté.

—¿Cómo así?

—Tú cachai. Tipo la gente que la encuentra de mal gusto.

No respondió. Los muros grafiteados nos acompañan.

—No sé, JJ… —dijo al fin—. Es que tú erís de Santiago. De donde yo soy no lo vemos así.

—Buen punto.

Nos detuvimos en el semáforo.

—Sabís, voy a aprender, ¿cómo voy a ser chileno y no bailar cueca? Es más…

Saqué el celular mientras pasan los autos.

—Mira, tengo pensado ir a esto el viernes.

La Gaby examinó la publicación. Lleva letras en negrita, un par de logos y anuncia «¡CLASES DE CUECA TODO EL AÑO!»

Es de «Los Amigos de la Cueca». Están detallados los horarios.

—¿Apañai? —pregunté.

—Ya po, tendré listo el pañuelo.

La luz cambió a verde.

Caminamos con la Gaby por Serrano hasta el 232. Afuera hay una mujer de lentes y cabello negro. Lleva una polera que dice «100% cuequera».

—¿Vienen a la clase?

Asentí.

—Súper, es en el cuarto piso.

El edificio tiene un aire a El día menos pensado por dentro. Los escalones crujen al pisarlos. Arriba hay unas cuarenta personas. El espacio es un poco más grande que una cancha de baby fútbol.

Algunos visten manta y sombrero, incluso botas con espuelas. Otros están con parka y buzo. Hay hombres y mujeres. Unos venían del colegio. Otros hace rato que están jubilados.

—Bien. Para comenzar, vamos a aprender a desplazarnos —anunció el profesor.

Pie derecho marca. Seis tiempos. A la izquierda. La secuencia se repite. Una. Dos. Tres. Cuatro veces.

—Ahora vamos todos con el escobillado.

El profesor mira a los presentes y gira.

—Es con la espalda recta, sin saltitos.

Adopta la posición y desliza los pies.

—¿Cachaste eso? —susurra la Gaby—. Es porque eso de saltar lo hacen los santiaguinos.

Siguió el zapateo. Después el ensamblaje completo, hasta que paró la música.

—Atención: vamos a seguir con la clase básica. Los que compiten tienen que subir.

Abandonaron la escena los hombres con manta y sombrero y las mujeres con vestido de china. Las espuelas claquetean por el pasillo.

Más de una hora de clase. Algunos de los que llegaron con parka, van de polera. Hay respiraciones pesadas y manos abanicando rostros. Es más difícil de lo que parece. La coreografía, por separado, es asimilable. Con música, pareja, desplazamientos, tiempos y vueltas, la cosa se pone seria.

—Vamos, sigan no más.

Las parejas van rotando. En cada canción me toca una mujer distinta. Algunas en su primera clase, otras me corrigen.

—No po, tenemos que cerrar así—dice una mujer de cuarenta y pocos.

Me ofrece el brazo.

—Ahora, miramos hacia adelante.

Giro con ella. Viene otro cambio.

—¿Cómo vai? —preguntó la Gaby desde la fila de atrás.

—Concentrado —sonreí.

Llevo el pañuelo sobre el hombro.

Sonaron tres canciones más. Noté mejoras sutiles en cada una. Vuelta a tiempo. Escobillado más depurado. Pañuelo girando, mano en el cinturón. La coreografía dejó de ser un pegoteo de pasos.

—Estuvo buena la clase —le dije a la Gaby—. Con un par más estoy listo para las fondas.

—No se notó tanto lo santiaguino —rio.

El guitarreo y el pandero se cuelan por la ventana abierta, que refresca la sala. Tomé mi chaqueta y doblé el pañuelo. Algunos hablan con el profesor, otros salen con la mochila al hombro. El canto se funde con los instrumentos. Antes de guardarlo, miro el pañuelo. Una vez en el bolsillo doy un par de golpes por encima del pantalón.

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