En el espectáculo digital, la atención se gana a cualquier precio y la indiferencia del algoritmo es la muerte civil.
Por José Joaquín Durán
Francisco descansa en el sillón y sostiene su celular. La mochila está en el piso; hace poco llegó a su casa. Observa en la pantalla a René Puente, personaje infame de internet con discapacidad intelectual y dado a todo tipo de excesos. En el video, René arruga la cara, se deforma. La gente a su alrededor se ríe; Francisco también. René dice algo poco modulado en su tono cavernoso. Dentro y fuera de la pantalla, todos parecen divertirse.
El número de vistas sube a cada segundo. Francisco presiona el “corazón”. Recorre el teclado para escribir y aprieta “enviar”. Se suma a los miles de likes y a los cientos de comentarios. Guarda el celular y va a la mesa de la cocina con su familia. Habla de su día. No menciona a René Puente.
El placer es compartido con los usuarios de internet, pero debe disimularse frente al entorno. Mira a su alrededor. No vaya a saber alguien que conoce parte del esquizoverso.
El esquizoverso
En el espectáculo tradicional, el deseo de notoriedad fue canalizado por la farándula. Era una industria que incluía personajes, canales, periodistas, productores, mánagers y consumidores. Sin embargo, con las plataformas digitales, el deseo de notoriedad ya no estaba limitado por la industria de la farándula. Cualquiera podía subir un video a YouTube, incluso quien está fuera de los márgenes.
El esquizoverso es una etiqueta informal. Describe el campo social del espectáculo digital, configurado por personas que se mueven en torno a enfermedades mentales, carencias, degradación, perversión y violencia. René Puente es solo uno de ellos. Como él hay más, tanto hombres como mujeres. Todos buscan ser vistos, incluso cuando la visibilidad disponible es la degradación.
En este campo social, el personaje —o su mánager— sabe cómo moverse, qué decir y cómo reaccionar de manera casi automática. Ha internalizado las reglas no escritas del entorno, el sistema de disposiciones y los esquemas de percepción. Es el aprendizaje que los sujetos adquieren a través de su experiencia, siempre dentro del campo.
Alguien fuera del campo puede mirar y pensar que es absurdo, ridículo o patético. Para quienes están dentro, es existencial. Sin illusio no hay esquizoverso: los personajes están convencidos de que lo que se disputa realmente importa. El éxito o la posición de alguien depende del tipo y cantidad de capital que posea. En el esquizoverso es capital simbólico, que cotiza al alza la notoriedad infame.
La infamia tracciona audiencias, desvía flujos de clics y genera comunidades de consumo. Es, a fin de cuentas, una máquina de conversión económica más allá del “respeto a las buenas costumbres”, las denuncias al CNTV y los telefonazos de auspiciadores.
Terminó la once familiar. Vuelve a encenderse la pantalla del celular. Francisco está en su cama. Desliza el dedo hasta que se detiene en un video en el que René Puente discute con el Flaitiano, personaje que es producto del sincretismo entre haitiano y flaite. Llegan a los golpes. El video termina.
Es parte de un reality show en el que participan algunos personajes del esquizoverso. Porque, como buen campo social, tiene instancias de consagración en las que los personajes despliegan su habitus. Y no es la única instancia.
Francisco desliza otra vez. Transcurre un video de veinte segundos con insultos de un personaje del esquizoverso hacia su contrincante del momento. Ellos no son parte del reality show. Muchas veces no interactúan entre sí porque comparten el campo, pero no las instancias de consagración.
Si el campo social es el esquizoverso, las instancias de consagración son el “Torneo de Cell”.
En la saga de Cell, el enfrentamiento era entre los guerreros Z, los androides y Cell. Pero en el esquizoverso solo hay androides, concepto adoptado en Chile para referirse a los lolcows.
Ordeñar androides
Los lolcows son personajes de internet que son “ordeñados” para generar contenido. Y no cualquiera: contenido que los degrada y humilla. ¿Quién lo produce? Si bien hay canales y streamers que estrujan las ubres con sus manos, no podemos olvidar que la “caja de leche” tiene audiencia. Y hay una cadena logística a nivel algorítmico de plataformas que lo incentiva.
En cuanto a los lolcows, hay conscientes e inconscientes.
En la dimensión de los inconscientes estuvo Choche007: un youtuber con discapacidad mental que por años recibió acoso y hostigamiento a través de la pantalla. Pero eso quedó atrás. Ahora hay espacios que funcionan como circos de fenómenos digitales. Allí, los lolcows inconscientes son explotados por sus representantes, que los exponen en reality shows, contenido en redes sociales y eventos masivos.
El tratamiento del lolcow inconsciente es contradictorio, incluso benévolo. Para algunos puede generar poca disonancia reírse de un meme de René Puente o del mismo Choche, y meses después donar plata a la Teletón.
La situación de los lolcows conscientes es distinta. Hay un masoquismo mediático racionalizado. Buscan que la audiencia fije la mirada en ellos, aunque sea a través de la humillación pública. La indiferencia del algoritmo es la muerte civil digital.
Ese es Vardoc al exponer que su exesposa le era infiel y monetizar el desecho. Hace poco subió la apuesta con la apertura de un OnlyFans. También es Corxea al anunciar que se retirará de internet para luego volver con un nuevo brote. La promesa de abandonar el juego se transforma en otro episodio.
La defensa del lolcow consciente es el cinismo: “It’s a prank, bro”.
Pero la máscara digital muerde la carne, exige al jugador una performance continua que algunos sostienen por medio de sustancias. Es el precio que pagan por la descarga de dopamina que generan las visualizaciones. Así, la máscara deja de ser una herramienta de protección y se convierte en la única identidad funcional que les queda. Sin ella, no hay estructura que los sostenga.
El problema es que con cada aparición fijan un nuevo piso. Y en el próximo escándalo deben superarlo, o alguien más tomará su lugar.
La gallina de Stroszek
Francisco mira la hora. Apaga la luz de su pieza y vuelve a recostarse. La pantalla se ilumina: es un mensaje en el chat de su grupo de amigos. Alguien envió un sticker de René Puente. Francisco esboza una sonrisa y mira el techo.
En la película Stroszek, el desenlace del protagonista es alternado con una gallina dentro de una máquina. Si introduces una moneda, se libera el alimento y estalla un sonido caótico. La gallina se mueve para alcanzar los granos. Parece un baile. Si cae otra moneda, vuelve a picotear.
Pasan los minutos. La luz del celular ilumina la habitación.
Otro video de René Puente. Francisco observa. Esta vez no se inmuta y pasa de largo. Hay otros de Corxea y de Vardoc. Sigue deslizando el dedo y bosteza.
Detiene el scroll en Carlitos Run bailando con una persona de talla baja y un transformista en otra entrega del reality show.
Francisco sonríe.
Le da un “me gusta” y deja el celular en el velador.
